En el primer sueño, Claudia había vaciado su maleta sobre el colchón y se entretenía colgando sus vestidos dentro del armario. Él se hallaba en cuclillas, tratando de asegurar el último perno de la cama.
- El lado derecho del mueble será mío. Es más pequeño y no necesito tanto espacio – sentenció Claudia.
Al incorporarse, fue distinguiendo paulatinamente su rostro y las líneas de su cabello derramándose sobre una solera. Claudia le dedicó una mirada que reflejaba convicción en cuanto hacía.
- Te amo – se sintió él impulsado a responder, pero cayó en la cuenta de que no era necesario explicitarlo. Además, esa simple combinación de sonidos hacía tiempo que no le evocaba nada. - ¿Me ayudas con las cortinas? – preguntó en cambio.
Cuando giró hacia la ventana ya era de noche y el frío le arremolinó los vellos. Las cortinas estaban colgadas y sólo tuvo que desatarlas. Claudia venía llegando entumecida del trabajo, con una falda blanca y tacones. Lanzó su cartera dentro del armario y corrió a abrazarle por la espalda. Sus manos largas y blancas recorrieron los brazos de él como copos de nieve.
- ¿Salgamos esta noche? – le propuso, estrechándolo con fuerza. Él no quería decepcionarla, pero era martes y a esas alturas sólo pensaba en abrigarse y descansar.
- ¿Dónde vamos? –se atrevió a decir.
- Mis compañeros irán a un pub en Irarrázaval...
- Bueno, llámalos mientras preparo el té.
Tomó el teléfono y salió al pasillo. Él fue a buscar sus zapatos y un sweater. Al cerrar la puerta del armario le sorprendió verla acostada mirando a la pared. Adivinando en seguida la causa de su enojo, se tendió en la cama junto a ella.
- El viernes no importará que se haga tarde – susurró a sus espaldas. Ella permaneció en silencio.
La segunda vez despertó con el ruido de la televisión, justo al final de una película en el cable. En esa última escena, que le pareció entrañablemente conmovedora, un soldado moría desangrado mientras miraba la foto de una muchacha. Se preguntó por largos minutos dónde estaría en ese momento aquella mujer de la fotografía. Hasta que la puerta del dormitorio se abrió y vio a Claudia pasar directamente al baño. Le pareció oírla llorar. Llevaba varios días llorando de la nada, encerrándose en el baño y echando a correr agua para disimular.
Claudia había salido las últimas tres noches con sus colegas. Él se resistió a pensar que una cosa estaba conectada con la otra. Ella, por su parte, insistió en que lo suyo era más bien hormonal y, para evitar más preguntas, se tragó dos somníferos y se acostó mirando a la pared. Él, que ya sabía qué hacer en esos casos, se volvió a acurrucar a su espalda y la abrazó hasta que se quedaron dormidos.
Despertó sobresaltado tres veces más. En la cuarta oportunidad descubrió a Claudia de pie junto a la puerta del armario.
- Ya no quiero estar aquí – dijo ella, entre sollozos.
- Es tarde, Claudia. Ven a dormir, hablemos mañana.
Claudia permaneció en su lugar. Abrió la puerta del mueble y sacó desde lo alto una maleta y luego el resto de sus pertenencias. Eran las tres de la mañana.
- ¿Qué estás haciendo? ¿Dónde pretendes ir a esta hora?
- No quiero estar aquí, ¿no lo entiendes?
- Ven, Claudia.
Giró hacia él sin mirarlo, con el pelo enmarañado colgando sobre su rostro.
- Ven a dormir, Claudia – Ella sacudió la cabeza, al tiempo que contraía sus manos.
Él temió lo peor: una violenta ráfaga de reproches tomándole absolutamente desprevenido, sin haber preparado trinchera alguna y sin una mísera foto guardada en sus bolsillos.
- ¡No! – gritó Claudia, enfurecida.
Si lo hubiera permitido, habrían incendiado todo en ese mismo instante. Sin embargo, eligió llorar, convencido de que ella cedería una vez más y correría a consolarlo.
Pero Claudia no estaba desde hace un mes.
Despertó al otro día ovillado a los pies de la cama, con un intenso malestar en el pecho.
Ya no sabía si terminaría bien esa semana. Ni siquiera sabía cómo terminarla.
Llamó avisando que no iría a trabajar ese viernes. Deslizó las cortinas y contempló la aglomeración de vehículos en la esquina de Bilbao. Ensayó respirar profundo, pero al tercer intento se sintió mareado y debió ir por un poco de agua.
- Esas pastillas de mierda – imprecó, mirándose al espejo.
Se vistió junto al armario, observando la puerta del lado derecho. Hacía un mes que no la abría, incapaz de iluminar el último rincón de la casa en que esperaba encontrarla. Tampoco esa mañana se sentía en condiciones de develar el misterio; no obstante, se animó a salir a la calle en su búsqueda.
Dio vueltas por la plaza Ñuñoa hasta eso de las cuatro, con el estómago apretado a medida que escogía las palabras que debería decir; pero repentinamente, la chance de un encuentro real le produjo pánico y decidió retornar.
Había anochecido y el dormitorio le esperaba inmisericordemente idéntico a como lo dejara en la mañana. Se sentó al borde de la cama y contempló de nuevo aquel punto imaginario sobre la mesa. “Si al menos estuviera esa maldita tele”, se dijo. A pesar de todo, estaba tan agotado que con tan solo acostarse se quedó dormido, observando, con su mente en blanco, la puerta derecha del armario.
Despertó a media noche creyendo escuchar ruidos en la cocina.
Permaneció estático, sin que volviera a oír nada. Creía hallarse en medio de otra pesadilla cuando el rumor de unos pasos lo puso de nuevo en alerta; sintió repentinamente los pies fríos y la urgencia de encogerse. Los pasos se hicieron más claros y los escuchó acercarse al dormitorio. La manilla giró y la puerta se abrió un par de centímetros, acaso perceptibles. Estiró el cuello para mirar tras el recoveco -no era el viento, estaba tan seguro de su cierre como del giro-. Una pupila se hizo reconocible del otro lado y un nuevo escalofrío le empujó a retroceder, a medida que la puerta se abría y se asomaba a través de ella una cabellera oscura sobre un rostro en tinieblas.
Intentó convencerse de estar soñando. Trató de reconocer a Claudia, pero sus ojos aún permanecían ocultos. La mujer avanzaba hacia él con las manos tensas a ambos costados.
- ¿Claudia? – pronunció apenas, jadeando – ¿has vuelto?
La mujer se detuvo frente al armario, dándole la espalda. Y se quedó allí, mientras él intentaba, en vano, reunir sus fuerzas.
- ¿Claudia? – suplicó en la penumbra.
Pero no obtuvo más respuesta que el lento crepitar de las bisagras. Hasta que la vio, queda, desaparecer en la espesa negrura del armario.